Y todo ha terminado.

 

“Harry Potter is about confronting fears, finding inner strength and doing what is right in the face of adversity. Twilight is about how important it is to have a boyfriend.”
— Stephen King

Y así, salgo del cine tras ver Deathly Hallows part 2, y me doy cuenta de que, sin quererlo ha terminado una etapa de mi vida.

Yo llegué a esto medio tarde. Una copia abandonada en la mesita de un café me llevó a leer lo que obviamente era un libro para niños. (No me mal interpreten, existen grandes libros para niños, soy de las más grandes fans de Michel Ende). El primer capítulo de “Harry Potter and the Sorcerer’s Stone” resultó estar realmente bien escrito y me atrapó pronto. Mi conciencia me hizo dejar ahí la copia, por si volvía su dueño.

Pocos meses después salía a la venta en el Reino Unido “Harry Potter and the Prisioner of Azkaban”, y el país entero se paralizaba con tal de conseguir una copia, en largas filas, a la media noche. Esto me dio una razón para averiguar que pasaba con el pequeño protagonista del nombre pegajoso: ¡había más libros! Me fui a comprar los 3 volúmenes que seguramente encontraría tiempo para leer ese verano.

Me enganchó de inmediato. Salía de mi línea de autores largos y confusos, y me entretenía mucho. Algo que me encantaba encontrar era la perfecta descripción de la comida, real o mágica: Las texturas y sabores se volvían tan reales que comúnmente me daba hambre. Esto lo sufrí particularmente con “The Goblet of Fire” y sus inmensos banquetes.

La espera por ese tomo se me hizo eterna. Por desgracia esa edición fué la gringa, y el cambio de lenguaje me dejó muy molesta, como si me hubieran robado algo pequeño, pero valioso.

Las películas, obviamente, nunca cumplían con mis expectativas. Me dio gusto ver la adaptación de Cuarón, aunque se alejó mucho del contenido real de mi libro favorito.

Después se publicaron “Order of the Phoenix” y “Half-blood Prince” y mi respeto por la saga creció. Se estaba volviendo una historia de miles de detalles, de giros inesperados, y de contenido más maduro, con fibra.

Esperar la publicación de “The Deathly Hallows” fue algo intenso y emocionante, había muchos cabos por atar, misterios por resolver.

Invertí un poco más para recibir, el mismo día de su publicación en Inglaterra, mi edición Bloomsbury, y las 6 horas de ese sábado que tuve que trabajar, mi flamante copia de lujo fue la envidia y atractivo de toda la oficina.

El fin de semana me mudé a Hogwarts, no solté el libro a menos que fuera escencial y necesario. Me transporté por completo, dormí poco, me volví una más en la batalla. Lloré a los muertos. Llegué al final y sentí una pérdida: ya no esperaría más noticias de estos personajes que se habían vuelto tan reales.

Me despido por completo de la saga con este última película, que, como todas las demás, me terminó pareciendo carente, un tanto vacía, sin los miles de detalles que me resultaban fascinantes. Y no tengo ganas de llorar sólo porque se ha terminado, también me inunda la tristeza de esta generación que se quedará sólo con las migajas que ofrecen las películas; porqué a los papás de ahora no les interesa compartir cualquier cosa que valga la pena con sus hijos, porque es más cómodo comprar un disco pirata y ponerles mil veces la película para que se callen otro rato y no den lata; porque “leer da flojera”.

Los niños que jamás se saborearán una Butterbeer, no sentirán el frío de caminar hasta Hogsmeade, ni se perderán por los pasillos del tercer piso de Hogwarts. No importa cuánto 3D le pongan, jamás será lo mismo.

Gracias a Jo Rowling por invertirle a esto 15 años de su vida, por regalarnos tan buena experiencia, por compartirnos su imaginación y por hacerlo de corazón. Me quedo con la mágica experiencia de sentir emoción por darle vuelta a la página.