Esta entrada la usaré como escape para relatar una experiencia que tuve hace algunos días y me dejó muy confundida. Fue como un alucine de peyote.

Fui invitada a cenar con un grupo de nuevos amigos, y terminamos en un lugar Thai muy famoso; es pequeño, escondido, y silencioso, con sólo 6 mesas, al final de un callejón. Todo normal, me vi sentada entre una chica kiwi que tiene personajes japoneses tatuados por todos los brazos, y una chica australiana que es enfermera pediátrica. La noche iba muy bien, relajada. Nos trajeron los platos y el sonido de plática bajó un poco, el lugar estaba muy callado. De pronto la chica australiana junto a mi se puso tensa, se le veía incómoda y comenzó a frotarse las manos. Buscó con la mirada a su novio, que estaba sentado al lado opuesto de la mesa, pero el conversaba con alguien más y no la veía.

– “Creo que es ya es hora de irnos, cariño”.

Esto me resultó muy confuso, pues me parecía que todos la estábamos pasando bien ( y apenas nos habían servido los platos). Pero la reacción de la chica me hizo sospechar, pues se veía bastante alterada. Por un momento creí que se había encontrado algo horrible en su comida.

-“¡Vámonos ya Rich!”

Su pareja parecía no inmutarse, y sin voltear siquiera, sólo dijo: “no vamos a ningún lado”.

La pobre muchacha se veía al borde del llanto. Le pregunté cual era el problema.

-“No me gusta la música”.

Sólo hasta ese momento me di cuenta  de que había empezado a sonar música en el lugar. El volumen era tan bajo que no la había percibido, así que afiné el oído.

-“¡Ah! ¿El jazz no es lo tuyo…?

-“No, no me gusta la música… de ningún tipo.

La chica kiwi al lado mío volteó y se le quedó mirando como si hubiera dicho una blasfemia.

-“Eso…eso es imposible… a todos nos gusta algo de música, es humano”.

Yo sólo pude asentir en acuerdo, pues tenía la boca llena de curry. Mi cerebro no estaba procesando muy bien el hecho de que hubiera junto a mi alguien que no soporta la música.  La chica kiwi no tuvo problema en acribillarla a preguntas:

-“¿Es el volumen, o sólo un instrumento?… casi ni se escucha… ¿cómo haces para ir a lugares con ruido?

-“No, el ruido no me molesta. Vivo cerca del aeropuerto y voy seguido a los partidos de Rich a apoyarlo. Es sólo la música, la odio. Me altera.

La pobre se veía más que alterada, estaba al borde del llanto. Me pareció de pronto que era una persona en un talk show, o un reality, de esas que tienen una fobia ridícula e irracional a algo tan inocuo como la nieve, los cachorritos, o el algodón. De esas mujeres que tienen un ataque de pánico cuando les piden que toquen una pluma, o miren la foto de un pollito. Puse más atención y me di cuenta que el jazz de fondo estaba en verdad delicioso, muy apropiado para el lugar y momento. Seguía sin comprender nada.

La chica kiwi le dio un largo trago a su cocktail y medio en risas le dijo:

-¿Eso te pasó desde que escuchaste a Justin Bieber? (yo también me reí un poco).

-No, así he sido siempre.

Me pregunté mentalmente si tendría amusia, el desorden mental que no permite comprender (y por lo tanto disfrutar) la música. Aunque eso no es una fobia. Se describe como la percepción de la música como un concepto auditivo extraño e indescifrable. Como escuchar de fondo una conversación en un idioma desconocido: no lo comprendemos ni disfrutamos, pero no nos molesta. Si no hablas farsí, es imposible que digas que te agrada escuchar poesía en farsí, pero no te sueltas a llorar cada que ves un iraní.

De la nada intervino su novio, que supongo había escuchado.

-“Eso no es cierto. No mientas.  Tu padre me envió un video en el que cantabas y bailabas a las Spice Girls. Me dijo que te encantaban los musicales. ”

A esto ella se levantó ya de plano llorando, le pidió las llaves del auto, y salió corriendo.

Su amigo le dijo que fuera tras ella, pero el se rehusó.

-“Ya no puedo con esto, hombre. Es una tontería. Un drama. Que me espere en el auto. Me arruina todo.”

-“No seas tan duro, bro….”, le dijo su amigo.

-“No soy duro, soy honesto. Ni te imaginas la pesadilla que es salir con esta mujer. No puede ver completa una película… en meses no hemos acabado una cena. Llora hasta por que el auto de junto traiga la música alta.  Es tan exagerada. Actúa como si fuera morirse porque tarareo una canción, o cantan en un comercial. No recuerdo la última vez que fui a una fiesta. ¡Amenazó con deshacerse de mi colección de viniles!”

Ante esto la chica kiwi se vio alarmada.

-“¿Cómo puedes vivir así?”

-“Creo que no puedo”.

Yo tenía mis dudas también.

-“¿Crees que sea real? Quiero decir… ¿han buscado ayuda?

Su respuesta me dejó muy consternada.

-“Siento que es una exageración la mayor parte del tiempo. Ella no lo ve como un problema. No ve porqué querría disfrutar con ella de una buena película, o compartirle una canción o llevarla a un concierto. Me llama idiota por querer escuchar música en el auto. No siente que se pierde de nada… y no tiene problema en hacer que me lo pierda yo también.”

Sentí que hablaba de un alien. Después de todo ¿quien no tiene una canción favorita? ¿Una pieza de música que le mueva el alma? No concibo la vida como algo que se pueda mantener sin música. Está ligada a prácticamente todas nuestras emociones y recuerdos.  Pero su amigo (un maori franco y encantador) cerró la conversación con la mejor frase:

-“Entonces patéale el culo de regreso a Oz, bro. Todos necesitamos de una chica que se emocione cuando le cantamos a los Beatles y nos haga segunda en Bohemian Rhapsody mientras vamos por la carretera“.

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