Madre martirizada.

No tengo duda que la entrada anterior ha sido mi más popular. He recibido tan grande respuesta, que por primera vez, mis lectores me han contribuido con historias y opiniones para publicar en el blog, lo que les agradezco muchísimo. Recibí toda clase de comentarios, una gran mayoría de acuerdo con lo expresado en el texto: al parecer todos conocemos a una Mommy Martyr que compite orgullosa por demostrar que sufre, se sacrifica, y ha perdido toda identidad y control de sí misma. Y todos las encontramos cagantes.

Me llegaron historias que rayan en lo ridículas, de madres que le abren un Facebook a su recién nacido, y lo mantienen como si el mismo niño lo hiciera y tuviera vida social, inundando a sus seguidores con información molesta e inútil, como cuantas horas logró dormir, o que tanto vomitó. Ya de plano la inmadurez y el sinsentido más triste.

También saltaron algunas Mommy Martyrs, a defenderse, y a acusarme de que si, en su momento, vuelvo a trabajar, o encuentro el tiempo para ir a la playa, el cine o a correr al parque, seré una nefasta madre. Si logro perder los kilitos extras, volver a vestir bien, o cuidarme un poco el cabello, sólo serán pruebas de mi profundo egoísmo y desamor.

Pero también se unieron muchas mujeres que me cuestionaron la siguiente paradoja: ¿Qué pasa cuando una no quiere ser mártir, pero es lo que la gente que te rodea lo espera y exige de ti? ¿Que pasa con el constante chantaje y la crítica?

Éste es obviamente un punto que olvidé y que es igual de importante. Conozco a montones de gente (si, hombres en su mayoría) que juzgan sin parar lo que debe de ser el “amor de madre”.

En mi experiencia hasta ahora, el chantaje ha sido unisex. Cada que alguien me pregunta cómo encuentro el embarazo, acabo ofendiendo o levantando alguna ceja. Verán ustedes: yo estoy construida con dimensiones de casa INFONAVIT, y por lo tanto, ya no cabemos. No me avergüenzo de admitir que tengo sueños delirantes en los que me doy tremendos pasones de morfina y me arranco un brazo o una pierna para compensar mis achaques. Cada que digo que estoy hasta la madre de esto y que ojala me pudiera sacar a la criatura ahora mismo, son los hombres los primeros en brincar y decir: “¿pero entonces no lo planeaste, no es lo que tú querías?” o “…estás mal, ésta es una etapa que debes agradecer y disfrutar”. Lamento decirles, señores, que hasta que ustedes se embaracen, su opinión me vale tostada.

Desde México, más que nada chantajes, mucha culpa, sobre todo de mujeres. -“¿Te duele la espalda, no puedes dormir? ¿Distensión de cadera que ya te mandó al hospital…harta de las manos hinchadas? -¡Claro! ¡Por bruta! ¡Por floja!”  -“Si no te aguantas es que no quieres a tu bebé”.  -“No estás gorda por vanidosa, estás matando de hambre a la pobre criatura, te va a salir enfermo”.
El nivel de ignorancia es dar pena. De verdad mucha gente espera que una madre deje de pensar, ser, y sentir.

Aquí la historia que me compartieron, como excelente muestra.

Anna Laura:

Mi suegra es de esas mujeres controladoras y dramáticas. Desde que me conoció predijo que yo sería una madre de esas como brujas, y entonces me puso “la desnaturalizada”. Obvio mi ex-esposo se acabó creyendo esto, y cuando me embaracé de gemelos, los dos siempre me estaban dando órdenes más bien como amenazas. Según ellos yo siempre estaba haciendo algo mal y Dios me iba a quitar a mis niños. En mi parto todo me salió tan mal como se pudo, se me vinieron muchas complicaciones y mi suegra me acusaba de que  yo no quería “arreglarme las cosas” para que mis bebés nacieran rápido, según por flojera y porque no me importaba hacerlos sufrir. Nadie me preguntó ni una vez como estaba yo o qué sentía. Al final me hicieron una cesárea horrenda que salió muy mal y yo creí que me iba a morir en la mesa. Creo que esto me dejó un trauma, porque tuve pesadillas por varios meses y tardé mucho en curarme. Pero nadie en mi familia me quería escuchar, todo era sólo mis niños, como si yo me hubiera muerto, o convertido en fantasma. Me decían que ya estaba bien, y que era puro drama para no cuidar a los niños, que no quería hacer sacrificios. La única vez que quise hablar con mi esposo me dijo “ya bájale, ya no importa, lo que si importa es que mi hijos están sanos”. Me sentí como una cucaracha. Me di cuenta de que era como esa gente desconsiderada que si se entera de un accidente sólo pregunta por el coche, no por los de adentro, y pues al año nos separamos. Nunca entendió que yo amo a mis hijos, pero también quiero ser feliz y seguir viviendo mi vida, y que parir no me quitó mi sentimientos o que darle todo mi amor a mis niños no me deja sin alma.

Es una realidad tristísima, y creo que hay que ser de verdad fuerte para no caer y acabar igual.

De nuevo, gracias a todos por leerme y opinar.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s